El silencio imposible: Berlinale, Gaza y dilema entre arte y política

¿Debe un festival de cine hablar de política? El caso Berlinale y el silencio sobre Gaza. Un festival con memoria política, aunque lo olvide
Escribe Javier Martínez para Autogiro el giro del arte actual | CronicaUrbana.com
El siguiente escrito es un reflexión de la inteligencia artificial COPILOT, a preguntas puntuales y seguimiento en la conversación.
El silencio imposible: Berlinale, Gaza y la pregunta que el arte no puede esquivar
por Copilot
La controversia que estalló en la Berlinale este año —cuando varios artistas criticaron al festival por su silencio ante la crisis en Gaza y por la petición del presidente del jurado ( el reconocido director Wim Wenders) de “mantenerse al margen de la política”— no es un episodio aislado. Es el síntoma de un dilema que acompaña al arte desde que existe: la tensión entre creación y contexto, entre expresión y poder, entre la necesidad de hablar y el deseo institucional de no incomodar.
Lo que ocurrió en Berlín es especialmente significativo porque la Berlinale nunca ha sido un festival neutral. Nació en 1951, en plena Guerra Fría, como un gesto político explícito de Berlín Occidental para mostrar al mundo su “libertad cultural”.
A lo largo de su historia, ha sido escenario de debates intensos: en 1970, el festival se suspendió tras la polémica por O.K., una película que denunciaba crímenes de guerra en Vietnam; en los años 80, acogió a cineastas perseguidos por dictaduras; en los 90, se convirtió en un espacio para discutir los conflictos de los Balcanes y la reunificación alemana.
La idea de que la Berlinale “no debe politizarse” es, en realidad, una ficción reciente. El festival siempre ha sido político; lo que cambia es la incomodidad que genera según el conflicto del momento.
Por eso el silencio actual no se percibe como prudencia, sino como ruptura. En un mundo donde las imágenes de destrucción circulan en tiempo real, donde la información llega sin filtros y donde la empatía se vuelve un acto urgente, pedir a los artistas que no hablen de política es pedirles que renuncien a su sensibilidad. Y la sensibilidad es su materia prima.
El silencio institucional, en este contexto, no es neutralidad: es mensaje. Puede ser miedo, cálculo, torpeza o burocracia, pero siempre comunica algo. Y cuando el sufrimiento humano es evidente, ese silencio se interpreta como indiferencia.
Ahora bien, también existe un temor legítimo: que la politización excesiva eclipse las películas, convierta la alfombra roja en un campo de batalla moral y reduzca el arte a un accesorio de la coyuntura. Ha ocurrido antes. Algunas obras han sido opacadas por polémicas ajenas a su contenido; algunos artistas han sentido presión para pronunciarse sobre temas que no dominan; algunos festivales han sido absorbidos por la urgencia política del momento. Pero este riesgo no invalida la expresión política. Solo exige criterio. El problema no es que el arte hable de política, sino cuando la política se vuelve espectáculo, consigna o ruido.
La neutralidad, por su parte, suele presentarse como virtud, pero rara vez lo es. En la práctica, la neutralidad favorece al status quo: al que ya tiene voz, poder o legitimidad. Cuando una institución cultural decide no pronunciarse, no está evitando la política; está eligiendo una política específica: la del silencio. Y el silencio, en tiempos de violencia, pesa.
Entre el activismo total y la neutralidad absoluta existe un espacio más complejo: la responsabilidad contextual. No se trata de convertir un festival en un mitin, ni de exigir a cada artista una postura pública. Se trata de reconocer que el cine no ocurre en el vacío. La responsabilidad contextual implica permitir que quienes participan —actores, directores, técnicos, público— expresen su humanidad sin temor a reprimendas; reconocer el sufrimiento sin instrumentalizarlo; evitar que un solo conflicto borre la diversidad de voces; entender que el arte es parte del mundo, no un refugio hermético.
La pregunta de fondo —si se puede separar el arte de la política— parece eterna, pero la respuesta es más simple de lo que quisiéramos: no del todo.
El arte nace de cuerpos situados, de experiencias, de desigualdades, de heridas colectivas. Incluso cuando intenta escapar, deja huellas del mundo que lo rodea. El cine formalista también es político. El cine escapista también es político. El silencio también es político. La cuestión no es si el arte es político, sino qué tipo de política encarna: la que incomoda o la que tranquiliza, la que cuestiona o la que adorna, la que abre preguntas o la que cierra conversaciones.
Lo que ocurrió en la Berlinale no es un desvío del tema del festival. Es la confirmación de que el cine, cuando se enfrenta al dolor del mundo, no pierde foco: lo profundiza. Un festival que reconoce la humanidad no se politiza; se hace responsable. Un artista que expresa su postura no abandona el arte; lo encarna. Una institución que escucha no se desvía; se alinea con su propia historia.
La Berlinale, como cualquier espacio cultural, no tiene que elegir entre cine y política. Tiene que elegir entre silencio cómodo o diálogo incómodo. Y en tiempos como estos, lo incómodo es lo necesario.
Resumen o detalles adicionales
- El silencio como postura: Cuando una institución cultural calla ante un sufrimiento evidente, ese silencio no es vacío: es mensaje. A veces es miedo. A veces es cálculo. A veces es torpeza. Pero siempre es una decisión. Los artistas lo saben. Por eso reaccionaron. No pedían un manifiesto ideológico, sino un reconocimiento básico de humanidad. En un mundo donde la información circula en tiempo real, donde las imágenes de destrucción llegan sin filtros, pedir a los creadores que “no hablen de política” es pedirles que renuncien a su sensibilidad.
- ¿Se desluce el cine cuando se habla de política?:Aquí aparece el argumento contrario: que la politización excesiva puede eclipsar las películas, convertir la alfombra roja en un campo de batalla moral y reducir el arte a un accesorio de la coyuntura. Es un temor legítimo. Ha ocurrido antes. En algunos festivales, las polémicas han opacado obras que merecían atención. En otros, la presión por pronunciarse ha incomodado a artistas que no desean ser portavoces. Y en ocasiones, la urgencia política ha simplificado debates complejos. Pero este riesgo no invalida la expresión política. Solo exige criterio.El problema no es que el arte hable de política. El problema es cuando la política se vuelve espectáculo, consigna o ruido.
- ¿Se puede separar el arte de la política? La pregunta es antigua, pero la respuesta sigue siendo incómoda: no del todo. El arte nace de cuerpos situados, de experiencias, de desigualdades, de heridas colectivas. Incluso cuando intenta escapar, deja huellas del mundo que lo rodea. El cine formalista también es político. El cine escapista también es político. El silencio también es político. La cuestión no es si el arte es político, sino qué tipo de política encarna: ¿la que incomoda o la que tranquiliza? ¿la que cuestiona o la que adorna? ¿la que abre preguntas o la que cierra conversaciones?
- El punto medio: responsabilidad contextual: Entre el activismo total y la neutralidad absoluta existe un espacio más complejo y más honesto: la responsabilidad contextual.No se trata de convertir un festival en un mitin, ni de exigir a cada artista una postura pública. Se trata de reconocer que el cine no ocurre en el vacío.La responsabilidad contextual implica: Reconocer el sufrimiento humano sin instrumentalizarlo. Permitir que los artistas hablen sin temor a represalias. Evitar que un solo conflicto borre la diversidad de voces. Entender que el arte es parte del mundo, no un refugio hermético. No dicta qué decir, sino cómo escuchar.
- Artistas critican el Berlinale por su silencio sobre Gaza
- Arundhati Roy boycotts Berlinale despite premiere of her film’s 4K premiere: Decoding the uproar caused by festival’s
- Berlin film festival defends Wim Wenders after Arundhati …
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